BAJO EL RIO
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Con el único fin de escuchar lo último de springsteen, voy a recuperar un viejo corto extraño, escrito hace años y quien sabe en que estados mentales... inspirado también en otra obra del jefe... no sean tontos, no lean el texto... escuchen la música, si es que soy capaz de meterla... ejem...
BAJO EL RIO
No logro recordar las últimas palabras que nos cruzamos. Quizás sea eso ahora mismo lo que más duele, sus recuerdos se me van apagando, convirtiéndose en nieblas desaparecen para siempre. Como las aguas de ese río que nunca regresan.
Nunca jamás vi este arma como la veo hoy. Me produce una sensación de terror solo el notarla tan fría entre mis manos. No tengo miedo a enfrentarme a mi destino.
Porque ella no esta aquí conmigo, la busco y no la encuentro, no la intuyo ni la siento cerca y este dolor me esta matando. Este dolor no cesa ni descansa, no interrumpe su constante avance, no me da descanso ni pausa, me esta matando.
Quiero arder.
Morir de un disparo en una azotea, ese fue el final que me predijo aquella vidente.
En mi interior, en este preciso instante en el que parece arreciar el frío sobre esta abandonada azotea, resurgen con poderosa energía aquellos recuerdos e instintos que a primera hora de esta mañana no creía lograr recuperar. Han vuelto y traen con ellos la decisión y el valor necesario. Fuerza que necesito, para hacer esto a lo que vine a un abandonado lugar. Final del que ni me enorgullezco ni puedo huir.
Supongo que aunque nada tienen en común, es lógico que cualquier imagen de esta azotea triste y solitaria, me lleve a recordar las aguas negras, profundas de aquel río.
Aquel río en el que se perdió mi vida.
Quiero arder.
A ella no la siento a mi lado. Sigo sin poder recordar el olor de su perfume, sus aromas no se pasean ya cerca de mí. Por el contrario si me llega el de él, olor a nada pero olor al fin y al cabo. Porque él me acompaña en este mi viaje final. Sin él no habría llegado a esta encrucijada, y sino estuviera aquí conmigo, ahora mismo huiría de mi destino.
Él me dice que todo será tan sencillo como apretar una sola vez el gatillo. Ese simple esfuerzo será suficiente para extinguir estas llamas que me queman los más recónditos agujeros de mi perdida alma. Me ha dicho, que la sucesión de acontecimientos que surgirán después me superaran, que estará fuera de mi alcance evitarlos. Todo será como dejarse arrastrar por las aguas turbias del río aquel.
Porque las aguas oscuras de aquel río me la arrebataron para siempre.
Consiguió separarnos.
Imposible luchar, era más fuerte que nosotros.
Deseo tenerte junto a mí, deseo que nos volvamos a encontrar.
Quiero arder.
No tuvo la culpa, él no pudo evitarlo, pero pararía esto si quisiera, eso no puede negarlo. En cualquier momento conseguiría evitar, que con el avance del día nuestro plan concluyera con éxito. Sé que no lo hará, es su deseo que mis cuatro años de dolor terminen en esta azotea. Quiere librarme de esta pesada losa que cargo y me va asfixiando lentamente día tras día. Cada segundo que sigo en pie.
Como no entendí que aquel año de felicidad excesiva era algo impropio de mi trayectoria, como no vi que algo tenía que romper mas pronto que tarde mi momento, mi dicha. El triste sino imposible de cambiar de una vida completa trazada por la desdicha y la sinrazón, una vida que se torció no sé cuando. Sigo sin comprender a día de hoy el haber venido a este mundo solo a esto.
La temperatura sigue bajando a medida que avanza la mañana, otra paradoja que añadir a la lista. Un resfriado, incluso una gripe carece de importancia para mí ya. Largo tiempo hace que dejaron de preocuparme las enfermedades y otras debilidades de mortal, porque a veces pienso que estoy muerto, que morí en ese río. Dentro de unas horas todas las preocupaciones serán baldías e inocuas. Y los nuevos días que deban llegar serán mejores que estos que me duran una eternidad, estos días que se confunden con las noches y desquician mi cordura.
¿Que fue de aquella memoria de la que hacia gala?. Se hundió en las turbulentas aguas que rodean ese puente. Siento una niebla que enturbia mis recuerdos. Es curioso a veces me llegan imágenes a las que doy escasa credibilidad, imágenes y momentos que no recuerdo haber vivido.
En este tiempo, -de espera o de purgatorio quien sabe- él se ha convertido en mi única ayuda y el único alma a la que agarrarme. No entiendo porque me abandonaron todos tras el accidente. Que tremendo mal les hice que me dejaron solo cuando mayor falta me hacia el tenerlos a mi lado. Muchas preguntas, contadas respuestas.
Aparte de él, otros dos seres, -sacados quizás de un corto de Poe- me espían en esta tétrica azotea. Son dos palomas que me contemplan curiosas acurrucadas una contra la otra. Pensé que al verme sacar el fusil huirían de inmediato, pero no lo han hecho siguen sobre esa antena de televisión observándome despreocupadas. Están en lo cierto, no tienen nada que temer de mí, jamás hice daño a ningún animal. Yo no soy cazador.
Me ha puesto su mano sobre mi hombro sin decir nada. Es un gesto de apoyo, algo que repite a menudo y que yo le agradezco. Con su ayuda se me hace más amena la espera y consigue afianzar mi determinación a completar mi objetivo. Su dedo señala a la calle, esta moviendo el rifle en esa dirección.
Ahora por el visor de mi arma estoy viendo un banco de madera, encuadrado dentro de un diminuto parque. Cerca de él unas palomas se aprovechan de las migas de pan que un anciano y su nieto están derramando. Es esta una zona muy palomera. Podrían ser ellos quienes calmaran mi fuego, no lo sé.
Voy recuperarla al precio que sea, a eso vine.
Encontrarme con ella.
Sí, quiero quemarme del todo, pasar al estado de cenizas, solo eso, simples cenizas que el viento se lleva. Ellas no sienten ni sufren ni padecen.
Doce meses de felicidad con ella. Cuatro años de resignación y odio, recuerdos y odios, rencor, mucho odio, tragándome la rabia que pudre mi interior. Solo escasos minutos de terror dentro de un elemento al que temía tanto como a la misma muerte, paradoja cruel de su destino.
Alguien tuvo la osadía de vaticinarla su fin dentro de un río y no lo evito lo suficiente.
Solo conseguí una vez hacerla cruzar sobre aquel puente y me prometí no volver a intentarlo. Antes de eso me acostumbre a grandes rodeos y muchos kilómetros para evitar los puentes sobre ríos. Fue una tarde de agosto, recuerdo ese día en el que llevaba esta misma camiseta de manga corta de color negro. Un calor sofocante, tuve que reducir la velocidad hasta su última expresión, observe sus gestos, una palidez en sus colores que solo sería superada por algunos muertos. Sudaba copiosamente, con la duda entre la conveniencia de llevar el cinturón puesto o quitado, el agarrarse al siento y apretar las uñas hasta hacer brotar sangre de la fina piel de sus manos, el hacer temblar cada gramo de su anatomía como si de un flan sobre una apisonadora se tratase.
Ni exceso de velocidad, ni una noche de copas, ninguna temeridad, nada a excepción de un coche que se precipita sobre un río treinta metros de caída y otros quince de aguas negras.
¿Cómo pudo caerse con su coche por un puente?.
Así, movido quien sabe porque tipo de macabra curiosidad, volví a esa vidente a la que ella fue, solo unos días después que ella lo hiciera y sin decirla nada le pregunte antes de saludarla por el fin de mis días.
"Un disparo en una azotea". Me dijo con gran tranquilidad, como quien te dice la hora. Que gran habilidad la de esa mujer, que don para solo con unas palabras infundir un miedo y un pánico capaz de cambiar la vida de una persona.
Ese era mí sino, el que me deparaba el destino, era bueno saberlo y no perder tiempo ni hacer la espera demasiado larga. El tiempo, es la palabra clave en la existencia de un ser vivo. La llama se extingue y lo que se quema una vez no vuelve a quemarse una segunda.
Pienso disparar al niño, el abuelo se morirá solo de la pena y la desolación de creerse responsable de la tragedia. Serán dos muertes por el precio de una. La forma más cómoda de concluir mi existencia.
Agradeceré el disparo que termine con mi lenta agonía a un policía o a un guarda de seguridad o a quien sabe que indeseable persona que vaya armada por la calle a estas leves horas de la mañana.
Lejos de darme miedo, esto me alivia, el saber que no abandonare por nunca jamas esta azotea. Como ella nunca saldrá de las aguas turbias del río que se la llevo, donde muerta de miedo seguirá buscando una salida a su pánico.
Estoy decidido porque creo en él, esta conmigo y me hizo comprender que todo tiene su fin. Un fin sé ahora que también puede ser un alivio.
El niño se oculta la cara tras un cómic de Asterix, la gran travesía creo leer, la que esta a punto de emprender junto a mí. Echa su aliento sobre el libro, que sujeta con sus pequeñas manos protegidas de las bajas temperaturas por unos guantes.
Valor es lo que necesito, tengo buen pulso no necesito verlo solo apuntar, apartar la mirada y apretar el gatillo, en unos segundos todo habrá terminado de forma satisfactoria.
Quiero arder.
Tras el disparo he conseguido separar la pareja de palomas, una ha salido volando despacio sin muestras de miedo, ni siquiera yo he conseguido escucharlo en este tumulto de ruidos. La otra en cambio me sigue mirando, no esta tan nerviosa como yo, parece incapaz de sentir tal debilidad. Parecemos ser las dos únicas almas a las que no les afecta el tremendo frío que hace esta mañana.
Mayor dificultad que apretar el gatillo atañe girar la cabeza par ver el resultado de mi disparo. Lo siento, yo solo quiero salir muerto de esta azotea.
Los músculos del cuello parecen pretender evitar el momento fatídico de encontrarme el cuerpo del niño sangrando en la calle.
Yo no soy un asesino, solo quiero acabar la espera, poner fin a este calvario de sufrimientos y agonías.
No entiendo que pasa, no le veo. En el banco ya no hay nadie, esta desierto.
¿Qué ha ocurrido?. El abuelo y su nieto caminan por la calle relajados de regreso al hogar, algo falló jamás sabrán la suerte que tuvieron, lo cerca que estuvieron esta mañana de no regresar a casa. Cruzan el semáforo, felices quien sabe por que.
Me dan pánico las alturas. Odio las armas. Pero quiero arder.
A veces veo el accidente como si me hubiera pasado a mí mismo. La puedo ver gritar al ver el coche aumentar la velocidad a medida que iba cruzando el puente. Me grita, me dice que me detenga, intenta hacerme parar, me sujeta las manos.
Una médium que decía estar en contacto con almas del otro mundo, me dijo que hallaría mi fin en una azotea víctima de un disparo ajeno. Vine a este recóndito edificio, -en el que nunca antes me había fijado- a encontrarme con mi propio purgatorio. Jamas serví para soportar una espera, es superior a mis fuerzas perder el tiempo.
La paloma sigue aguantándome la mirada, como él, quiere que termine de una vez lo que vine a hacer, lo que he empezado. Ellos no quieren que baje de esta azotea, requieren mi presencia para siempre.
La felicidad es un bien preciado cuando no se tiene y se desea, cuando se busca y no se encuentra. En esas estoy. Por ese empedrado sendero camino descalzo.
Por delante de mi visor se han cruzado dos ancianos en el ocaso de sus vidas. A buen seguro están discutiendo de fútbol, o quejándose de algo que era mejor y más barato en sus tiempos. Creo que tienen ganas de ser aliviados de esa dura carga, creo que sufren casi tanto como yo.
Quiero arder.
Espero una señal.
Su mano me ha señalado a un joven deportista con problemas de sobrepeso. Chandal gris, discman portátil, lleva un gorro de lana negra y gafa de sol. Ojalá le sean útiles y salga el sol hoy para todos.
Cosa curiosa la de los recuerdos y la memoria, apenas logro recordar nada de lo que hice en estos últimos cuatro años, en cambio veo con claridad cada día de ese año que estuvimos juntos. Cada vez que la hice reír, cada vez que la hice llorar.
¿Cuatro años?. ¿Han sido cuatro?. Ahora no lo veo tan claro.
Ahora esa paloma me recuerda a mí. Noto la misma mirada de no comprender esta soledad que nos invade. Intuye como yo el fin de una espera, de una muy larga espera.
También recuerdo a veces haber tenido un accidente hace mucho mucho tiempo en un río. Recuerdo estar dentro de un coche rodeado de agua. O solo es un sueño que me persigue. Lo veo como algo que no me ha pasado a mí.
Ella no esta aquí.
Solo pretendo buscarla reunirme con ella.
Es él, es el joven deportista quien debe avivar mis llamas para que ya no haya nada más que quemar excepto el alma.
Otro movimiento de gatillo, otro disparo que no suena, nada ocurre en la calle. ¿Qué esta sucediendo?.
Pese a que mi bala no le ha llegado, el joven deportista se ha detenido para hacer unas flexiones sobre el banco, el mismo banco otra vez. Nunca me pareció un corredor normal, tiene algo extraño. Esta sacando un arma oculta bajo el pantalón. Su mirada se dirige a dos hombres que le acaban de cruzar en dirección contraria. Va matarlos, tiene esa mirada vacía que indica que nada le va a detener, que no tiene remordimientos ni valores, ni sentimientos ni prejuicios, solo una pistola y dos blancos fáciles.
Voy a ser testigo mudo de un asesinato, mi víctima se convierte en verdugo. Una paradoja más de esta mañana de invierno en la que soy el único con manga corta.
Grito, lanzó un alarido que no parece salir de mi garganta.
El vuelo de las palomas ha puesto en alerta al hombre de menor edad, algo tarde, se intercambian unos disparos. Los tres caen al suelo junto al banco de piedras donde ya no quedan palomas.
. Yo no disparé, no conseguí hacerlo, aun así los acontecimientos abajo en la calle se han precipitado. Decenas de personas se agrupan entorno a los heridos. El joven deportista es posible que este muerto, su postura parece delatarle. A los primeros instantes de pánico han llegado otros de curiosidad que atrae a las gentes que caminaban o se encontraban cerca del lugar de los disparos. Nada de esto lo he provocado yo. Yo solo asusté a las palomas, a todas las de la calle y en cambio la que tengo mas cerca sigue anclada en su antena clavándome los ojos, parece comprender mejor que yo lo que esta pasando sobre esta azotea.
Sigo de pie en la azotea como testigo inútil en el que nadie repara. ¿Dónde esta el fusil ahora?. ¿Estuvo aquí alguna vez?. ¿Acaso es todo esto solo un sueño?. Si no es así tengo mil preguntas que hacerle, sobre todo una, la gran duda que tengo en mente, pero no me la responde.
Mi vista inquieta, -que no para de alternar entre los ajetreos de la calle y los vacíos de la azotea- repara ahora en una ambulancia que llega entre tanto movimiento al lugar de los disparos.
De la ambulancia bajan tres personas. Dos hombres sacan la camilla y se van instados por un policía hasta el hombre del disparo en el hombro. La tercera... la tercera persona que abandona de la ambulancia es una mujer... le miró sin entender, él me sigue señalando con cansada insistencia esa ambulancia. Es una doctora morena de larga cabellera. Lleva el pelo suelto tapándole las orejas, unas orejas preciosas que ella piensa que son grandes y horribles. Tiene un metro cincuenta y cinco de estatura, aunque siempre se pone cinco centímetros mas, para redondear la cifra, dice ella... no usa falda porque no le gustan las formas de sus piernas. Esta muy nerviosa sigue a los camilleros hasta el hombre del traje gris, un leve asunto, lo deja para inspeccionar al herido que refleja peor aspecto. Esas manos pequeñas pero de gran fuerza y determinación aplican un desesperado masaje cardiaco al joven deportista que disparó primero.
Esas manos que tiraron de mí con insistencia y no consiguieron sacarme de mi ataúd.
Ella no esta aquí, el tampoco.
Ahí esta, tan atractiva como siempre, con ese toque que la hace especial y que nunca logre determinar. No ha cambiado nada en estos años. Si no la conociera bien diría que esta tranquila aun en la delicada situación en la que anda metida. Siempre se lo guardó todo para sí, reservada hasta esos extremos. Ni un reproche por mis conductas, nada.
El deportista esta muerto, ya le ha dejado y se lo ha comunicado a los camilleros. Siguen llegando ambulancias, coches policías y algún periodista además de cientos de curiosos, estos se multiplican de manera asombrosa y rápida. Pronto no lograre encontrarla entre tantas personas. Aunque creo que la reconocería entre un millón de mujeres de un aspecto similar al suyo y vestidas con la misma ropa. ¿Dónde estuvo todos estos años?. ¿Por qué me abandonó?. Necesito tocarla, verla, hablar con ella, preguntarla tantas cosas. Hablarla de todo el miedo que pase sin su presencia.
De repente esta azotea me parece mayor y diferente, todo me da vueltas, todo gira a mí alrededor. Me mareo pierdo el pie de apoyo, resbalo, caigo. Estoy cayendo piso tras piso y no consigo articular grito alguno. Aun así mi mirada sigue encontrándola entre la multitud, la puedo ver mas cerca a medida que me aproximo a mi fin.
Ella no esta aquí.
Aquí me hallo confundido abriendo los ojos en el suelo, sin haber sufrido el menor daño, sin haber conseguido llamar la atención de ni una sola de las gentes que por la calle se pisotean a la espera de poder ver al muerto o al herido en el tiroteo. Me ignoran, en eso consiste este estado de cenizas, nadie té presta atención y a nadie le importa lo que sientas o dejes de sentir. Pero lo peor sin duda es que nadie te explica lo que te sucede, ya no importas, estas solo muerto. Si al menos ella consiguiera verme, si me descubriera aquí tirado tan necesitado de su apoyo. ¿Dónde estas?.
El dolor me corroe porque aquel río me la arrebato para siempre. Allí nos separamos, nos tocamos por última vez.
Porque las aguas de aquel río que pasaron nunca jamás volverán atrás.
Quiero arder.




Rocio dijo
Me ha gustado mucho,si un hombre siente eso por su mujer,es que aun no esta muerto.
A mi estos dramones sabes que me gustan.
11 Febrero 2009 | 11:26 PM