BORRACHO JIMENEZ -CÓJELA COJIN-
Poca gente sabe, que uno de los placeres más grandes que hay en este mundo, es quedarse dormido después de las ocho de la mañana en un día laborable. Naturalmente y como pasa en esta vida con todo lo bueno, la mayoría de las personas no pueden disfrutar de este vicio, aunque por problemas que ahora no viene al caso mencionar, este placer cuenta cada vez con mayores adeptos. Borracho Jiménez, es uno de los afortunados, sus razones para quedarse en la cama no son las corrientes. No esta en el paro, ni trabaja, pues no le hace falta, aunque él siempre dice que trabaja en la barra del bar y en cierto modo tiene razón. Su cuenta bancaria goza de muy buena salud gracias a sus antepasados, pero eso es otra historia que ya contaremos.
Doce en punto, la hora ideal para levantarse comer y tener tiempo para hacer la siesta. Su mujer no estaba en casa, había salido a comprar, por lo que decidió sentarse en el jardín a esperarla. Semanas hacia que no veía el jardín a plena luz.
Su memoria era escasa, prácticamente se reducía a un par de horas después de levantarse, por eso, ahora que estaba en el mejor momento del día, o por lo menos en el de mayor lucidez, recordó algo que ella le había comentado un mes antes.
"Unos amigos me van a regalar un cachorro, espero que no te importe, me hará compañía".
A él no le gustaban los perros, le daban asco, le hacían vomitar. La única vez que lo había hecho en su larga vida de borracheras, fue según él, porque al salir de un bar se encontró con un perro mirándole fijamente. Desde aquella noche odia y procura evitar a los perros. ¿Porque entonces no protesto cuando su mujer le comento lo del perro?... y esta pregunta tiene la misma respuesta que esta otra... ¿Porque funcionaba tan bien su matrimonio?.
Sencillamente él nunca prestaba atención a su mujer. Si, escuchaba todo lo que ella le decía, pero tardaba semanas en asimilarlo. Ella lo sabia, por eso siempre se salía con la suya. En verdad que él era un buen marido. Con la excepción de sus borracheras claro, por lo demás era un cónyuge ejemplar.
_No es posible, si tuviéramos perro lo hubiera sabido. -se dijo.
Pero tardaba mucho en enterarse de las cosas que pasaban en su casa. Todos los años venían unos primos de su mujer a pintar la casa, y él no se daba cuenta hasta que ella se lo comentaba días después, y eso que cuando lo hacían Bo siempre estaba metido en la cama. Aunque pintaban la habitación estando él acostado, nunca se enteraba.
_¿Como se llama a los perros?...perrito...ven perrito.
Pero el perrito no aparecía. Posiblemente su mujer se lo habría llevado a la compra. Solo que los perros no eran bien recibidos en los supermercados. Se dejo caer exhausto en la hierba, tanto pensar le estaba dando dolor de cabeza.
Borracho Jiménez estaba dormido cuando sintió un tenue cosquilleo en el pie desnudo. Seguramente era la puta mosca que siempre aparece cuando te estas quedando dormido, que siempre busca una zona desprotegida sobre la que poder molestar. Estiro la pierna que en esos momentos tenía flexionada, y le salió un terrible golpe que el mismo Bruce Lee hubiera firmado.
Unos segundos después comprendió que una mosca no podía haberle producido aquel dolor en el pie. A no ser que las moscas hubieran cambiado mucho desde la última vez que había visto una. Además estaba aquel pequeño aullido que le zumbaba en los oídos.
Fue el primer encuentro entre el perro y su dueño. Era un cachorro diminuto de pelaje marrón, con un par de meses como mucho. Era de esos perros que no crecen ni echándoles pelargón. Encima ahora estaba cojo.
Al ver al pobre animal aullando con una pata posiblemente rota, pues no la apoyaba, no pudo sino sentir una gran lástima por él. Lástima, que por otra parte le duro muy poco, porque al ver como el perro aullaba y cojeaba todo al mismo tiempo, no lo pudo evitar, se empezó a reír de una forma algo exagerada, tanto, que en segundos ya le dolía todo el cuerpo. Aun así no conseguía detenerse. Lo intentaba, pero cada vez que lograba aplacarse las carcajadas histéricas, miraba a ese perro, que solo dejaba de aullar y cojear para mirarle bastante sorprendido y volvía a empezar.
Parecía decirle con la mirada...
"Pues a mi no me hace ninguna gracia, leche"
Entonces borracho Jiménez, pensaba esto y se descojonaba vivo. De esta guisa se mantuvieron por un largo espacio temporal, uno riendo, otro aullando. Al cabo de un ratejo los dos estaban exhaustos.
Borracho Jiménez, no podía ni imaginar en esos momentos, que aquel animal que no paraba de cojear, iba a convertirse en su mejor amigo, un amigo como nunca había tenido otro.
Cuando se cansó de reír, o mejor dicho cuando la pobre bestia dejo de lamentarse, la situación se normalizo ligeramente. El perro dejo de cojear, pero solo porque decidió quedarse tumbado recapacitando. Ambos estuvieron unos minutos como estudiándose.
La escena se tensó, el joven perro seguía mirándole resentido. No parecía tener la menor intención de olvidar el agravio. Entonces borracho Jiménez, en un gesto que le honraba, intentó un acercamiento. Tenía que ser él quien diera el primer paso. Con precavida parsimonia alargo la mano izquierda, aquella que le era de menor utilidad por si las moscas. Pero reculó de inmediato cuando el perro volvió a gruñirle.
Un vecino que por cosas del destino pasaba por la calle en esos históricos momentos, contemplo la escalofriante escena quedando sumamente impresionado. De no haber sido porque odiaba a Bo habría llamado ipso facto a la guardia civil. De verdad que se le paso por la cabeza que este corría grave peligro. Tiempo después, aun se despierta en la noche, asustado, recordando la mirada de aquella bestia parda.
Mientras, Borracho Jiménez venció el agarrotamiento que le inundaba, para entrar en la casa buscando algo con lo que apaciguar al resentido animal. Le iba a ofrecer algo de comer pero no sabía que comían los perros, así que agarró lo primero que le paso por las manos, pensando que la intención es lo que cuenta.
El perro en tanto, lo observó con cautela mientras salía de la cocina con aquella cosa tan grande en las manos.
Muy despacio caminó hasta el pobre animal lisiado, que para evitar mas dolor o quizás por comodidad, seguía tumbado bajo el agradable sol del mediodía. Le tendió su ofrenda en señal de amistad al convaleciente animal, que tras la sorpresa inicial decidió que como no era rencoroso, iba aceptar aquel regalo que le hacían y que ni sabía que cojones era.
Cuando su madre perra le dio la alternativa le comentó, que le quedaba mucho que aprender sobre el comportamiento de los humanos. Quizás era mejor olvidar el accidente para comenzar de nuevo. El humano le dejó el presente cerca de las patas delanteras. Como buen perro, lo primero que hizo fue olfatear aquello tan raro que le habían regalado. Desde luego la primera impresión fue algo desagradable, por no decir repugnante, incluso estornudo.
_Pobre perro...-pensó borracho Jiménez-...encima de cojo, resfriado.
El perro estaba solo seguro de una cosa, no le apetecía para nada comerse aquello, pero por otro lado aquel individuo le seguía mirando incluso ilusionado por la nueva amistad surgida entre ambos. Por estas fue que decidió dar un pequeño muerdo a eso, descubriendo que encima de ser tan desagradable de aspecto, sabía como el mismísimo demonio.
La esposa del vecino que había pasado antes por delante de ellos, volvía de la compra cuando... "sin querer"... miró por encima de la valla, alcanzando a vislumbrar algo que la dejo sin habla, -para alegría de su marido, por cierto- durante unos días. A posteriori se lo contaría a todas sus amistades, aunque nunca nadie llegó a creerla, es mas, algunos incluso empezaron a llamarla la loca que vio a un perro comiéndose un bacalao".
Una vez roto el hielo, Borracho Jiménez se decidió a acariciar a su nuevo mejor amigo. Este, en un alarde de bondad, le permitió tal confianza.
_¿Tienes nombre buen amigo?. .-le preguntó, descubriendo enseguida que el perro tenía un collar enlazado al cuello, y que en la parte de este que estaba reservada para el nombre no habían escrito nada- Todavía no te lo han puesto, yo te buscare un buen nombre.
Le quito el collar y recogió de la mesa del jardín un rotulador.
_Veamos, tiene que ser un nombre fácil de recordar, que suene bien, y muy original. -junto al rotulador había una pequeña pelota, siguiendo un impulso la agarró y la tiro al otro lado del jardín. Entonces paso, como si las musas bajaran en caravana a iluminarle la imaginación, lo vio todo claro.
El pequeño perro corrió detrás de la pelota como si en ello le fuera la vida. Iba muy deprisa, desafiando al mismísimo viento, y eso, que solo corría con tres patas, puesto que aun no se le había recuperado de la agresión involuntaria. A Bo se le encendió la cara, había encontrado el nombre perfecto para el perro.
_¡Cójela Cojín!. -gritó de pronto, estallando por enésima vez en una sonora carcajada viendo moverse aquel perro, que en realidad no iba tan deprisa- ¡El Cojín de los cojones!... Ja ja j aja.
El perro se quedaría con aquel nombre aunque la cojera solo le duro unas semanas.
Lo primero que pensó la mujer de borracho Jiménez, cuando se enteró de lo del nombre y del estado del animal, fue que le había dejado cojo a propósito para justificar ese horrible nombre. Pero ninguna persona con corazón hubiera sido capaz de lesionar a drede a aquella criaturita de Dios, por lo que todo se olvidó, quedando para los restos con la conformidad de la señora Jiménez bautizado Cojín Jiménez.
Amen.




Ramsés .... dijo
Yo también disfruto de ese placer, jejejejeje.
Lo malo es que sin embargo, mi cuenta corriente....¡¡¡¡ostia!!!, ¿que cuenta corriente?, si ya ni siquiera es cuenta "incorriente".
22 Enero 2009 | 05:05 PM