Honorato, el asesino implacable de los repartidores de prensa gratuita
“No recomendado a mayores de 28 años”.
“Sólo bajo prescripción médica y siempre previo reconocimiento médico”.
“Médico a ser posible que no sea del seguro”.
Seguro que siempre habéis visto como en las entradas de las estaciones, los repartidores de prensa gratuita se acurrucan unos contra otros, sea invierno o verano, sin importar ser de diferentes periódicos, ellos siempre se ponen juntos en la misma puerta aunque haya cientos de ellas… Sí, sé que te habías preguntando esto cienes y cienes de veces y no, no es por casualidad, ni porque estén imantados sus chalecos, que parecía lo más probable.
Por fin ha transcendido gracias a arduas horas de investigación, -interrumpidas por alguna cabezadilla eso sí- uno de los secretos mejor guardados de la criminología reciente española, ocultados por las autoridades policiales del país hasta ahora.
La historia de Honorato, el asesino implacable de los repartidores de prensa gratuita.
Honorato vivía una existencia apacible y organizada. Madrugaba quien sabe porque, como toda la gente de su edad, hacía el desayuno para su mujer, sacaba a su dálmata, regaba con una regadera de madera labrada las plantas sin importarle quien pasara bajo su balcón, feliz y seguro dentro de sus rutinas etc.… Después de todo esto cada mañana se dirigía con paso firme a recoger en la estación de metro cercana los periódicos, todos, aunque dijeran lo mismo a él le daba igual. Honorato esperaba paciente a reunir toda la colección, hasta el del 20 minutos que suele quedarse dormido casi siempre, y se los llevaba en una bolsa, incluidos los de publicidad… era una costumbre suya. Luego en el portal se los repartía a los vecinos para sentirse útil y necesario.
Hasta que una buena mañana todo se torció sin motivo aparente. Caminaba feliz con su chándal nuevo del Real Madrid y cual sería la sorpresa que se encontró al no verlos en la estación. Busco intranquilo, esperó sin éxito durante horas que se le hicieron interminables, nadie apareció. Había huelga.
Honorato sintió temblores recorriéndole el cuerpo, un frió espectral calarle los huesos y entonces tras unos segundos con los ojos en blanco algún tipo de resorte le salto dentro de la cabeza. Por este simple traspiés en su monotonía, abrió los ojos por fin a la cruda realidad de su existir.
Tenia casi ochenta años mal llevados, estaba podrido de dolores, su mujer hacia casi media vida que lo había abandonado, su piso nuevo era una chabola sin techo bajo un puente, sus vecinos eran mendigos borrachos que ni le reconocían al pasar, y que usaban los periódicos que este les llevaba como pañales, las plantas que regaba eran cardos silvestres llenos de condones y la regadera con la que los regaba era… ya os podéis imaginar lo que era eso… el perro que paseaba por las mañanas era un perrito piloto de peluche con mas de treinta años y con mas garrapatas que el circo de Ángel Cristo, su feliz andar era una cojera de ambos pies y un brazo que arrastraba desde años… y el chándal nuevo del Madrid era solo una vieja camiseta comida por la polilla del centenario del Atleti.
Honorato cabizbajo se arrastró hasta su casa de cartón y dentro de esta se escondió casi una semana entera.
Ni le hizo salir el hambre, ni mucho menos las necesidades fisiológicas, puesto que estas ya hacía tiempo que había aprendido a hacerlas de manera sencilla y sin moverse. Cuando lo lógico hubiera sido echarse él mismo la culpa de todas esas desgracias que sufría, o echárselas a zapatero como hacemos todos, Honorato puso en su poco firme punto de mira, a un tipo determinado de personas culpables para la mente desquiciada que poseía, de todo aquel maremagnum de fracaso y padecimientos, recientemente asumidos.
Marcaban en el reloj de una estación de metro del norte de Madrid las seis y media cuando el conductor entregó un paquete de periódicos y se despidió sin saberlo por última vez de su compañera, aquella con la que por dejadez sobre todo y por frío aun no había salido.
El relente de la madrugada la estaba congelando las manos. La entrada de la estación permanecía en silencio, desierta. En un barrio periférico a esas horas no entraba nadie por esa zona. Había mañanas que solo repartía cinco periódicos y cuatro se llevaba ella para la casa porque su padre era pintor y le venían bien. No quería decirlo a sus encargados por temor a que la despidieran, así que todas las mañanas antes de irse los tiraba al contenedor de papel y cartón de la esquina.
La joven se subió el cuello del anorak, empezaba a llover y con las brumas de la mañana no se veía ni un puto pimiento, es que las chicas jóvenes hablan así. Los árboles del parque que tenía a las espaldas pronunciaban sonidos en crujir de madera, unas pisadas sonaron tras ella, se giró feliz de repartir un periódico y no vio a nadie. Elena volvió a la rutina muerta de miedo, se coloco los auriculares apoyando la espalda contra el arco de la puerta.
La joven no pudo ver lo que tras un grueso roble se había escondido. Era una figura alta y encorvada, que salió del refugio blandiendo sobre la cabeza, tapada con una chubasquero negro, una muleta, no de las de torear sino de las otras. Volvió la vista al notar una corriente de aire frío recorrerla los costillares, justo a tiempo de ver como aquel arma de destrucción masiva descargaba su furia sobre ella, una y otra vez, otra vez y una, en una sucesión de golpes ininterrumpidos, que emitieron un campaneo de ruidos sordos extrañamente rítmicos y bailables.
La policía, “ese gran desconocido” ante un asesinato siempre baraja un amplio registro de posibilidades, o ha sido un crimen pasional o un ajuste de cuentas. Tentados estuvieron en esta ocasión de colocarle en el montón de los ajustes de cuentas, alegando la comprobada animadversión que tenían los diferentes periódicos gratuitos entre ellos, pero al final lo tomaron como un crimen pasional y pasaron a investigar a todos los amigos y novios de la joven asesinada. Resultaron ser unos cuarenta, cosas de la edad, detuvieron a un par de ellos y a otra cosa mariposa.
Siguieron este mismo procedimiento con los siguientes cadáveres de repartidores de prensa que fueron encontrando, hasta que al llegar al décimo, ataron cabos, con eso y con un testigo que había visto a un hombre cojo de ambos pies por el lugar del último crimen, cubierto de sangre.
Tras esos acontecimientos se vieron obligados a pasar a la hipótesis, en España descartada siempre, del asesino en serie, que es normalmente mas cosa de los americanos que tienen mas glamour pa la cosa de matar.
Abreviando, -que luego a Odys se le hace largo esto-… soltaron a los nueve novios de las anteriores victimas para centrarse en conseguir un retrato robot del asesino.
El retrato robot salió perfecto aunque no se le veía la cara, solo el chubasquero y la silueta encorvada del sujeto, por lo que en lo que duró el invierno detuvieron a infinidad de sospechosos ataviados con ese tipo de vestimenta. Sobre todo obreros de la construcción encantados con tener una excusa para faltar unos días al tajo.
Cuando la investigación parecía estancada, los repartidores de periódicos iban ya con guardaespaldas y la lista de victimas iba por la treintena entre Madrid y varias ciudades del extrarradio, acabo el invierno, llego el calor y con ello el número de sospechosos con chubasquero se redujo considerablemente.
La última victima de Honorato fue un policía que hacía de señuelo en una estación de RENFE a eso de las cuatro de la mañana. Como a esa hora no había aun periódicos, llevaba un haz de intervius. La muleta muy deteriorada ya se le partió en la cabeza por lo que la huída del asesino estuvo condicionada. Acabo siendo detenido antes de llegar a su chavola de cartón, donde fue tiroteado mientras moría agarrando con fuerza al perrito que lo miraba como ausente.
“Espero que en todo este tiempo hayas aprendido a mear solo cabrón” –le dijo antes de expirar.







Mayca dijo
Madre mía, yo es que alucino contigo, qué manera de mezclar un asesino en serie con periódicos gratuítos y el humor.
Muy bueno, sobre todo los detalles que vas añadiendo para aclarar.
Besos.
1 Noviembre 2008 | 10:45 AM